Glaciar Huemul: El trekking corto que te vuela la cabeza en El Chaltén

Glaciar Huemul: El trekking corto que te vuela la cabeza en El Chaltén

April 21, 20264 min read

Cuando uno llega a El Chaltén, la capital nacional del trekking, parece que todos los caminos conducen al Fitz Roy o al Cerro Torre. Sin embargo, a unos 37 kilómetros del pueblo, donde el asfalto se rinde y la ripio manda, se esconde una de esas joyas que te hacen agradecer haber salido de la zona de confort: el Glaciar Huemul. No es el más grande ni el más famoso de la Patagonia, pero tiene ese "no sé qué" de los lugares que conservan la mística de lo salvaje, con un color turquesa que parece retocado con Photoshop.

La previa: Un viaje escénico por la Ruta 41

Para llegar al inicio del sendero hay que meterle un poco de garra. El viaje desde el pueblo hasta el Lago del Desierto es, en sí mismo, una excursión que vale la pena. Son casi 40 kilómetros de ripio bordeando el Río de las Vueltas, donde cada curva te regala una postal nueva de glaciares colgantes y bosques de lengas que parecen sacados de una película. Es el preludio ideal para lo que viene, una zona mucho menos saturada de gente que las rutas principales de El Chaltén.

Al llegar a la punta sur del Lago del Desierto, entramos en terreno privado (el Glaciar Huemul está dentro de una reserva particular), lo que significa que hay que pagar una entrada mínima. Pero no te quejes, porque ese aporte ayuda a mantener el sendero impecable y mucho más tranquilo que el de Laguna de los Tres. Es el lugar perfecto para el que quiere conectar con la montaña sin tener que esquivar otros 500 turistas por hora. Acá, el silencio solo lo rompe algún pájaro carpintero o el estruendo lejano de un bloque de hielo que se acomoda.

El ascenso: Cortito pero al pie

No dejes que la distancia te engañe. El trekking al Huemul es relativamente corto —te lleva menos de una hora subir— pero tiene una pendiente que te hace acordar rápido de que el gimnasio no era una mala idea. El sendero serpentea por un bosque de lengas centenarias, subiendo de forma constante y exigente. El suelo suele estar tapizado de raíces y, si llovió, el barro le suma ese condimento de aventura que nos gusta a los que pateamos la Patagonia.

Lo lindo de esta caminata es que la recompensa llega rápido. Justo cuando sentís que las piernas te están pasando la factura, el bosque se abre y te choca de frente la vista del glaciar colgante y su laguna. El contraste es total: el blanco azulado del hielo, el gris de la roca y ese turquesa furioso del agua abajo. Es un lugar que te obliga a sentarte, sacar el mate y quedarte mirando el horizonte por un buen rato. Desde el mirador no solo ves el glaciar, sino que si te das vuelta, tenés una panorámica privilegiada del Lago del Desierto y la cara norte del Fitz Roy, una perspectiva que pocos se llevan de su viaje al sur.

Consejos de baqueano para no fallar

Aunque sea un trekking de dificultad media-baja, no hay que subestimar a Santa Cruz. El clima en esta parte del mundo es un bicho raro que cambia de humor cada quince minutos. Salir con campera técnica y calzado con buen agarre es innegociable; las raíces mojadas en la bajada pueden ser una trampa para los distraídos. Lo ideal es ir temprano para aprovechar la luz de la mañana, que pega de lleno en el glaciar y resalta ese azul profundo del hielo milenario.

Otro punto clave es aprovechar el viaje. Ya que estás ahí, no podés volverte sin caminar un poco por la orilla del Lago del Desierto o, si tenés presupuesto, subirte al catamarán que lo recorre. Es la Patagonia profunda, la que está lejos del ruido de las terminales de ómnibus. El Glaciar Huemul es la prueba de que no hace falta caminar diez horas para encontrarse con la inmensidad. Es un trekking "de autor", para los que saben que lo mejor de viajar es encontrar esos rincones que no figuran en las letras grandes del folleto.


Conclusión

El Glaciar Huemul es el ejemplo perfecto de que lo bueno viene en frasco chico. Es un trekking que combina esfuerzo justo, paisajes de otro planeta y esa soledad necesaria para recargar pilas. Si vas a El Chaltén, hacete un favor y reservate un día para ir hasta el fondo del mapa. Te vas a llevar en la retina un color turquesa que no vas a olvidar nunca y la satisfacción de haber conocido un lugar donde la naturaleza todavía manda sin pedir permiso.

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